Jueves, 16 de octubre de 2008, a las 20.30 horas: José Manuel Caballero Bonald
Nació en Jerez de la Frontera en 1926. Su padre era cubano y su madre pertenecía a una rama de la familia del vizconde de Bonald -el filósofo tradicionalista francés- radicada en Andalucía desde fines del XIX. Fue profesor de Literatura Española en
la Universidad Nacional de Colombia y en el Bryn Mawr College y trabajó en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española. Ha obtenido los premios de poesía Boscán, Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y Nacional de Poesía, y los de novela Biblioteca Breve Ateneo y Plaza & Janés. También ha recibido en tres ocasiones el Premio Nacional de la Crítica, dos como poeta y una como novelista, y es Premio Nacional de las Letras. Es autor, entre otras obras, de las novelas Dos días de septiembre (1962), Ágata ojo de gato (1974), Toda la noche oyeron pasar pájaros (1981), En la casa del padre (1988) y Campo de Agramante (1922); de los poemarios Las adivinaciones (1952), Memorias de poco tiempo (1
54), Las horas muertas (1959), Descrédito del héroe (1977), Laberinto de Fortuna (1984), Diario de Argónida (1997) y Manual de infractores (2005), y de las memorias Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001). Su obra poética completa está reunida en Somos el tiempo que nos queda (2007).
COTEJO DE FUENTES
La verdinegra tapia que ceñía
el jardín del prostíbulo, en parte decorado
de rótulos obscenos, todavía conserva
los mismos desconchones inclementes,
las mismas mordeduras de musgo y de salitre
que se veían cuando yo era joven
y me asomé a la vida por allí.
Teresa Lavinagre, vieja puta
que ya andaba de adolescente en sus comercios
por los desmontes de Matafalúa,
se hospedó andando el tiempo en esa casa
cuyos muros devora el desamparo,
antes de que el hipócrita de turno la expulsase
de la miseria libre de su reino.
Era una mujer hospitalaria y jubilosa,
dotada de una magnánima variedad
de benevolencias, y ahora se extingue
al borde de la playa, cerca
de ese antiguo burdel, igual que un bulto
devuelto por la marea.
Vida dilapidada,
corazón decrépito, qué hermosura
saber que nunca hizo absolutamente nada
para evitar su propio descalabro,
Dios mío.
DESENCUENTRO
Esquiva como la noche,
como la mano que te entorpecía,
como la trémula succión
insuficiente de la carne;
esquiva y veloz como la hoja
ensangrentada de un cuchillo,
como los filos de la nieve, como el esperma
que decora el embozo de las sábanas,
como la congoja de un niño
que se esconde para llorar.
Tratas de no saber y sabes
que ya está todo maniatado,
allí
donde pernocta el irascible
lastre del desamor, sombra
partida por olvidos, desdenes,
llave que ya no abre ningún sueño.
La ausencia se aproxima
en sentido contrario al de la espera.
BIBLIOTECA PARTICULAR
Comparecen los libros en lugares
anómalos, se juntan
con indolente asimetría:
un tropel
de vestigios locuaces,
pendencieros, irresolutos, lerdos.
He pugnado con ellos
durante muchos años: los he visto nacer,
durar, languidecer. Han resistido
intemperies, saqueos, turbamultas.
Algunos llevan dentro
la ponderada prueba de mi envidia,
los más el distintivo
incorregible de la decepción.