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Jueves, 18 de junio de 2009, a las 20.30 horas:
Almueda Guzmán
Nació en Navacerrada (Madrid). Licenciada en Filología Hispánica, es redactora y crítica literaria de ABCD Las Artes y Las Letras, el suplemento cultural del diario ABC.
Ha sido accésit del “Premio de Poesía Puerta del Sol (1981), “Premio de Poesía Altair (1984), finalista del “Premio de Poesía Hiperión (1986), “Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla” (1988) y “Premio Internacional de Poesía Claudio Rodríguez” (2004). Su obra figura en numerosas antologías de poesía española contemporánea.
Ha publicado los siguientes libros: Poemas de Lida Sal (Libros Dante, Madrid, 1.981), La playa del olvido (Editorial Altair, Gijón, 1984), Usted (Editorial Hiperión, Madrid, 1986. 5ª edición: Hiperión, Madrid, 2005), El libro de Tamar (Editorial Rusadir, Melilla, 1989. 2ª edición: Caja General de Ahorros de Granada, Colección Literaria "La General", Granada, 1991), Calendario (Editorial Hiperión, Madrid, 1998. 2ª edición: Hiperión, Madrid, 2001) y El príncipe rojo (Editorial Hiperión, Madrid, 2005).
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(DE CALENDARIO)
LA lluvia también se acuerda de tu forma de estar
en las cosas pequeñas.
Lleva mucho tiempo ahí fuera
con los ojos suplicantes como un chucho,
sin atreverse a entrar,
pero yo sé que lo daría todo
por quedarse dormida entre tus libros,
por salir con nosotros en la foto enmarcada
de mi mesa de trabajo
o ceñirse resuelta tu albornoz.
Ella se desliza de hoja en hoja
de palmera
con la misma languidez de tu mano
cuando movías la torre o el alfil.
Antes casi siempre perdías.
Ahora acabas de darme jaque mate.
******
ESPERABA tu carta
con la angustia de la nieve
que ve cómo se derrite
y va convirtiéndose en nada.
Esperaba tu carta
y es la poesía quien me ha escrito
después de tantas glaciaciones:
el sobre tierra de sombra,
las hojas negro de humo.
En vez de tu letra,
el viento y el musgo
en mi cueva y en la piel de mis huesos.
En vez del olor
del hueco de tu codo
la rosa que muere,
la cita a solas
con el miedo del Neolítico.
(DE EL PRÍNCIPE ROJO)
Y era verdad:
el príncipe rojo me esperaba
al otro lado del foso.
Rompió las cadenas
que se entrelazaban
como una hiedra sombría
en el sol de mis trenzas,
desató mi corpiño
y pude aspirar el aire
cuando el hielo
era el único aire de mi pecho.
Por fin un hogar.
Por fin una silla y unas pieles,
una ventana,
para ver desfilar sin estremecerme
al blanco ejército del invierno.
******
Paso muchas horas en esta silla,
envuelta en estas pieles
y frente a esta ventana.
Aún estoy muy débil
y la torre del cansancio
siempre le come
la reina a la vigilia,
pero entre sueño y sueño
a veces me despierta,
como los cascos lejanos
de algún jinete,
la pesadilla de este siglo
tan hipócritamente tolerante
que ha perdido la dignidad
primera
de separar el bien del mal
como el trigo de la paja.
(Amasar el pan con esa harina
fue el principio de la peste.)
Almudena Guzmán

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