Jueves, 12 de marzo 2009, a las 20.30 horas. Carlos Marzal nació en Valencia, en 1961. Se licenció en Filología Hispánica, sección de Literatura, por la Universidad de Valencia. Ha sido codirector, durante los diez años de su existencia, de la revista de literatura y toros Quites.
Ha publicado los siguientes libros de poemas: El último de la fiesta, Sevilla, Renacimiento, 1987. La vida de frontera, Sevilla, Renacimiento, 1991. Los países nocturnos, Barcelona, Tusquets, 1996. Metales pesados, Barcelona, Tusquets, 2001 (Premio Nacional de la Crítica y Premio Nacional de poesía 2002). Fuera de mí, Madrid, Visor , 2004 (Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, 2003). El corazón perplejo (Poesía reunida, 1987-2004), Barcelona, Tusquets, 2005. Ánima mía, Barcelona, Tusquets, 2009.
Se han publicado hasta la fecha las siguientes antologías de su obra: Poesía a contratiempo (Poéticas y prosas), Edición de Andrés Neuman, Granada, Colección El maillot amarillo, Diputación Provincial de Granada, 2002. Sin porqué ni a dónde, Edición de Francisco Díaz de Castro, Sevilla, Renacimiento, 2003.
Ha publicado la novela Los reinos de la casualidad, Barcelona, Tusquets, 2005.
Es autor del ensayo, El cuaderno del polizón (Apuntes sobre arte), Valencia, Pre-Textos, 2007.
Ha traducido, asimismo, la obra poética de Enric Sòria, en el volumen Andén de cercanías, Valencia, Pre-textos, 1996; la de Pere Rovira, La vida en plural, Valencia, Pre-textos, 1998 y la de Miquel de Palol, Antología poética, Madrid, Visor, 2000. En la actualidad ultima una amplia
antología de Joan Vinyoli, realizada en compañía de Enric Sòria, titulada La medida de un hombre, para la editorial Pre-Textos.
Es habitual colaborador de las revistas literarias, y columnista y crítico de los diarios ABC, Levante, El País y El Mundo. La revista Litoral le dedicó un número monográfico en el año 2005.
Para escuchar la lectura en vivo…
EL APRENDIZ DE ESPUMAS
Yo conduje a mi niño hasta la orilla,
y él me condujo a mí,
más niño suyo.
Lo conducente, al fin, lo conducido.
Hasta entonces,
anduvo ensimismado
en tormentas de arena,
en castillos de almenas imposibles.
Con su pala y su cubo, en ramblas breves.
La media tarde se alumbraba oblicua
con dócil resplandor. El mundo en torno
brindaba a aquel volumen mansedumbre,
sin la laceración del mediodía.
El mar y el niño se observaron tensos,
como las criaturas más salvajes.
Tanteaban sus fuerzas,
recelosos,
en una esgrima tácita.
Hasta que el niño desplegó su índice,
y al señalar el mar,
creó desde la nada el mar primero,
fundó desde su amor el horizonte.
Corrió el niño hacia el agua,
y el animal, sumiso,
lamió sus pies descalzos. Para siempre,
tomaron posesión uno del otro,
señores a la vez, mutuos esclavos.
Así fue cómo el aprendiz de espumas
se hizo doctor en olas, erudito
en los cantos rodados, en los nácares,
en los azules yodos intangibles.
Yo me atuve a mi asombro,
pobre adulto.
¿Por qué,
si fuimos dueños, no lo somos?
¿Por qué,
si lo supimos, no sabemos?