Muñoz


Luis Moñoz
Jueves, 13 de diciembre de 2007: Luis Muñoz

Nació en Granada en 1966, en cuya universidad se licenció en Filología Española y en Filología Románica. Ha publicado los libros de poemas Septiembre (Hiperión, 1991), Manzanas amarillas (Hiperión, 1995), El apetito (Pre-Textos, 1998), Correspondencias (Visor, 2001), por el que obtuvo el Premio Generación del 27 y el Premio Ojo Crítico, y Querido silencio (Tusquets, 2006). Su obra poética hasta 2005 está recogida en el volumen Limpiar pescado. Poesía reunida 1991-2005 (Visor, 2005). En 1994 preparó el libro colectivo El lugar de la poesía (Maillot Amarillo) y ha traducido, entre otros autores, a Giuseppe Ungaretti (El cuaderno del viejo, Pre-Textos, 2000). Su obra poética está recogida en numerosas antologías de la poesía española actual como La generación del 99 de José Luis García Martín (Ediciones Nobel, 1999), Fin de siglo (Visor, 1992 ), 10 menos 30 (Pre-Textos,1997 ) y La lógica de Orfeo (Visor, 2003) de Luis Antonio de Villena, o Poesía española reciente de Juan Cano Ballesta (Cátedra, Letras Hispánicas, 2001).

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CULATRA

De regreso a la isla de Culatra, en Portugal,
en el breve trayecto en barco,
el pelo se le abría con el viento
como hojas de palma.

Toda la luz se oía
igual que el merodeo de las olas
dentro de él.

El vello de la nuca
era a la vez un camino de espigas delicado
y un resto primitivo de descendiente del
mono.
Sus encías, todo frescura
y animalidad.

En un omóplato,
la rosa de una herida le brillaba
con un dolor agudo que viajase por dentro.

La vida de la tarde,
ese asentamiento que va muy poco a
poco,
de fruta, de pescado, de sal,
que se deja querer,
pero que sobre todo mira
y en la contemplación
hace que encaje cada pieza del mundo,
era un color dorado y verde.

Las calles de Culatra
son de arena con base de cemento.
Ni siquiera dibujan
sino que siguen solas por debajo
de un pálido amarillo recorriendo la isla.

Algo no se ha movido
por que este movimiento siga.
Un eje dulce,
que cuando sacan sillas a la calle,
al remendar las redes,
al reponer las latas de la tienda
y preparar café bajo un chamizo blanco
se ha mantenido igual.

Cuando la muerte asome
todo estará en un ciclo que termina
y empieza,
como pausa hasta un salto,
como cara del sol para la sombra.

Cuando el amor apriete
su mandíbula tendrá también
el resto de las cosas
y el hilo de la gana
irá desde el calor de las esteras
a las pequeñas barcas desguazadas del
puerto,
a las lenguas del mar y al calambre de peces
día sí y día sí.


(Querido silencio, Tusquets, 2006)





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