LA LLAVE
Me despoja de mí el silencio en las torres
que una llave de piedra o de plata me abren,
y a las veras del agua se desnuda de aljófar
y nácar la nostalgia. Deja escurrir el mirto
una gota de aroma que sacude a la alberca.
Puedo ungirme las yemas para dar luz a un ciego.
Discurro con la noche. Los cipreses se alzan.
Soy el vacío ya. Ni una voz me sostiene.
DARALHORRA
La memoria del agua -no el agua- sostenía
las frágiles, antiguas columnas de alabastro
-o confundo los sitios-, y un perfume de cedro
-no el cedro- me invitaba a un patio en el que apenas
puse el pie, puse el alma -o confundo el instante-.
Mi perpetua exiliada, alma mía, de mí:
dame un quicio de apoyo, ten un nombre siquiera,
cíñame una granada su corona de layo.
MERCADILLO DE YERBAS
Me llevó hasta la plaza el rastro de un aroma
-o no: su densidad, confusamente envuelta-
y andaba hacia mi infancia y una sierra y un cauce
hasta dar contra el muro en que expuestas las yerbas
-amarillas, violadas, rosadas, antracitas-,
apenas disecadas, exhalan sus nombres
y proponían filtros para nombres heridos.
PUERTA DE LA JUSTICIA
Llevarme al arrayán perdida hasta tus patios,
olvidarme el ciprés, agredirme un aroma
de violeta, negarme su artesonado el cedro,
romper la luz el agua quebrada de tus fuentes,
rasgarme pecho abajo un pájaro que cruza,
amargarme tu aliento de granado en la boca
sin siquiera vivirme, sin tan volver siquiera.
LOS JERÓNIMOS
Por el día extendido hasta la puerta cesa
la hiriente luz del sur, contraria a los acantos.
Enceguezco un instante en el tránsito oscuro
y el orden del silencio me acoge con su frío.
Bajo la piedra antigua, orante en inscripciones,
un rumor de cenizas alienta con mis pasos.
SANTA ISABEL LA REAL
Para Elena Martín Vivaldi
Más allá del cancel, baja con pie menudo
a un patio que le veda su luz al mediodía
ofreciendo a otra luz más alta su contento,
y el nombre del Amado y un corazón
sangrante
sobre la verde hoja de un limonero traza
sin rozar el silencio del pozo y la celinda.
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