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HABILITACIÓN DE UN HOTEL CASI VACÍO
El poeta ha dado ya la vuelta a su casaca...
¿Quién es el poeta y qué percibe?. Su casa
es fonda de deterioro y su corazón no da ya cobijo
a las rosas ni a los ácaros, ni tampoco a los halcones.
El poeta se deja crecer las uñas, como si fuese
dable afilarlas -basalto u obsidianay
se pregunta cómo es posible resistir, cómo
es posible temblar y no perderse, en tanta mortal
ansia, y sin embargo perdurar, sin rosas ni halcones.
Sabe el poeta que el alma está sucia, como
la esquina de todos los barrios y los ríos y el espacio...
Chatarra anímica. Cotidianas hecatombes,
matemática imposibilidad de ser feliz,
y entonces el barco que busca el abismo
y el timonel suicida y el final del final de lo cometas;
pero la voz persevera y te pones de pie y sigues,
sí, inexplicablemente, continuas...¿Dónde está
el poeta?. Donde se borra la vida y empieza el declive.
Ahí. Raspado. Penumbroso. Donde el búho
y el gato arcaico y la voz escapándose...
Donde el terror, la mentira y la belleza.
Ahí. Donde todo quisiera ser huída.
No creo en nada ni en nadie, amiguito.
Me defiendo. Tan sólo me defiendo. Y sueño en
Platón y me defiendo. Ya ves, como al principio...
ANDALUZ
No me di cuenta al principio,
me fijé después porque le hablabas.
Y se iba y volvía, llevando cosas,
sonriéndote, con gracia desusada...
Vi entonces sus bellos ojos negros,
sobre la piel oscura, y la sonrisa,
que mostraba los dientes como flores blancas.
Y empecé a pensar: ¡Qué dulce aquello...!
Y daba vueltas por ese cuerpo justo,
oscuro, fino y joven: como silvestres cañas.
Y oía la voz al responderte, alada,
cantarina, inconsciente en su magia.
Después, ya abajo, en la soleada plaza,
pensé en los garzos ojos negros, y me vi
enamorado de un acento del sur:
Vivo, grácil, musical. Igual que quien hablaba.
EN LA NOCHE PERDIDA
(Else Lasker-Schüler)
No me di cuenta al principio,
me fijé después porque le hablabas.
Y se iba y volvía, llevando cosas,
sonriéndote, con gracia desusada...
Vi entonces sus bellos ojos negros,
sobre la piel oscura, y la sonrisa,
que mostraba los dientes como flores blancas.
Y empecé a pensar: ¡Qué dulce aquello...!
Y daba vueltas por ese cuerpo justo,
oscuro, fino y joven: como silvestres cañas.
Y oía la voz al responderte, alada,
cantarina, inconsciente en su magia.
Después, ya abajo, en la soleada plaza,
pensé en los garzos ojos negros, y me vi
enamorado de un acento del sur:
Vivo, grácil, musical. Igual que quien hablaba.

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